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Andrés Montaño y el oficio de narrar.

Joaquín Cuevas Tellería

Hay una nueva generación de autores de historieta en Bolivia. Muchos nombres nuevos, varias publicaciones y una constante actividad en eventos y redes sociales. Lo que todos queremos que pase ahora es que algunos representantes de esta camada tengan el suficiente oficio para desarrollar historias extensas y personajes entrañables.

Hay sitios de dibujantes que tienen mucho público, como El Curioso Lápiz de Jorgex, Valinski  o Yexit  (todos en  Facebook e Instagram). Ellos publican tiras cómicas o ilustraciones sueltas, pero no una historia que se vaya desarrollando periódicamente. Es comprensible porque, claro, es un trabajo arduo que demanda mucha planificación, tiempo y el espacio adecuado para que el autor no falle en sus entregas y para que la historia no pierda consistencia, más tomando en cuenta que no hay un retorno económico por todo este esfuerzo.

Algunos colegas tenemos el privilegio de conocer las casi 200 páginas iniciales de una saga muy interesante que Andrés Montaño, uno de los más premiados autores jóvenes, tiene dibujadas a mano hace ya buen tiempo. Sería hermoso verlas publicadas en formato manga, pues su principal influencia viene de ese estilo, pero todos conocemos las dificultades de mantener periódica una publicación impresa en nuestro país (el año pasado se cumplieron 10 años de espera por la prometida tercera entrega de Cuentos de Cuculis de Álvaro Ruilova), así que Andrés ha decidido dosificarla y convertirla en webcómic. El año pasado presentó en el Overload de Cochabamba el fanzine Estonasqui, una especie de cosmogonía del universo de la saga mencionada en formato de texto. El 9 de enero de este año publicó en Facebook “La gema en la sombras”, una historieta promocional autoconclusiva de 18 páginas que cumple la función de presentar a sus personajes. En la misma publicación anunció que la saga comenzaría en febrero.

La historia que está desarrollando Andrés, a pesar de su extensión, no es para nada pretensiosa. Tiene una propuesta sencilla, consistente, cautivante y está pensada para un espectro amplio de lectores.

Me consta que Andrés se esfuerza por mejorar cada día su oficio de narrador gráfico y apuesto a que, una vez que comience a publicar su saga, será constante y consistente. Entonces, nos queda esperar a que anuncie el sitio oficial para seguirlo y que vaya ganando lectores. Mientras, podemos buscar el cómic promocional en su sitio de Facebook y el fanzine Estonasqui en las librerías La Viñeteca y Yachaywasi.

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¿QUÉ HACE UN GUIONISTA DE CÓMICS?

Se suele decir que lo que le falta al cómic boliviano son buenas historias. ¿Por qué, si hay buenas ideas, no hay buenas historias? La responsabilidad recae en los encargados de hacerlas: los guionistas. Ellos son los responsables de diseñar un buen relato y de darle al dibujante instrucciones precisas para que pueda plasmar ese relato en un cómic atractivo, claro y cautivante.

A Stan Lee, guionista fundador del universo Marvel, se le ocurrían, a grandes rasgos, personajes y  situaciones interesantes que luego los dibujantes traducían al lenguaje del cómic y lo convertían en productos emocionantes.

A Alan Moore, en el otro extremo, le da por invadir territorio dibujante con sus guiones que dibujan con palabras cada página, cada viñeta. Hasta el más mínimo elemento está imaginado por él y transmitido a través de largas descripciones que dejan poco espacio a la imaginación del dibujante.

En medio de esos dos extremos hay una gama muy amplia de maneras de hacer guión, muchas veces impuestas por las formas de trabajo de las diferentes editoriales. Por ejemplo:

– Los que dominan el lenguaje de la historieta (como Grant Morrison), que describen cada viñeta y dan instrucciones sobre ritmo y flujo en la página. Incluso le entregan al dibujante un boceto inicial de las páginas.

– Los profanos, por lo general provenientes de la literatura (como Neil Gaiman en un inicio), que describen las escenas y los personajes como en una obra de teatro, sin meterse con las viñetas.

– Los concisos del estilo Marvel (como Brian M. Bendis), que se preocupan por dejar en claro las acciones, los diálogos y las extensiones de páginas, dejando todo lo demás al dibujante.

– Los autores completos (guionista y dibujante a la vez), que suelen saltarse la fase del guión, porque no ven necesario transformar en texto algo que pueden plasmar directamente en imágenes.

En todos los casos se ha trabajado antes en la efectividad de la estructura del relato, se han desarrollado los personajes profundamente y se ha diseñado los personajes junto con el dibujante. A la historieta boliviana no le faltan buenas historias. Lo que le falta son buenos guiones. El autor intelectual no es el que dice “robemos un banco”, sino el que planifica el robo.

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PROBEMOS CON LOS BITS.

Hace poco una niña me pidió consejos para publicar sus cómics. Su profesora le había dicho que son muy buenos y le había sugerido buscar una editorial. Es común confundir editorial con imprenta, así que la niña quería mandar a imprimirlos directamente y sólo pedía consejos para esa fase del proceso. Ni siquiera quería mostrarme sus páginas para que le dé mi opinión. Agarrándome la frente pensé en la cantidad de autoediciones que no pasaron ni siquiera por una revisión ortográfica, que se imprimieron con el dinero de los papás, que fueron compradas por tías, amigos e incautos y cuyos restantes cientos de ejemplares terminaron archivados en algún rincón de la casa.

Le aconsejé que comenzara de a poco, que lo mejor es mostrar el trabajo a muchas personas para escuchar opiniones. Hace quince años, cuando varios de nosotros estábamos dando nuestros primeros pasos, hicimos fanzines. Maquetábamos el cómic en la computadora, imprimíamos un máster y luego lo fotocopiábamos en una cantidad pequeña. Si se acababan, fotocopiábamos más. Con algunos números de El Fanzineroso llegamos a sobrepasar los mil ejemplares. Fue un acierto que nos dio muchos beneficios: aprendimos a editar, conocimos al público, ganamos práctica, invertimos poco dinero y formamos interesantes equipos de trabajo. Hacer cómics se hizo sostenible para nosotros y recién entonces pasamos a los libros de mayor tiraje con impresión offset, que se vendieron bien y hasta lograron algún reconocimiento internacional.

Hoy el formato de fanzine tiene menos popularidad pero a cambio hay un mayor público acostumbrado a leer en pantallas. Si la conversación con la niña se reanudara, le sugeriría que intente con plataformas digitales como Webtoons o Tapastic, y que comparta sus historietas en Facebook e Instagram. Hasta ahora no se sabe con exactitud qué factores hacen que un webcomic tenga éxito, pero una característica común entre los que tienen miles de seguidores es que se publican con regularidad y, sea cual sea su frecuencia, son puntuales en sus entregas. Es difícil, pero en nuestro país hay autores que lo están logrando: Haters, Yexit, CTX Estudios (que publica también en esta revista), Anto Miranda y Jorgex.

En el mundo son muchos los que saltaron a la industria grande gracias a que primero se hicieron conocidos en Internet. Hay que intentarlo, sea con entregas serializadas de una historia larga, con historias cortas o con tiras cómicas. Yo apostaré por lo segundo.

¡Los espero cada miércoles!

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Nieve y metal.

La Feria Internacional del Libro de La Paz es actualmente el escaparate de la historieta boliviana. En mi rol, un año más, de vendedor, puedo asegurar que las historietas bolivianas mínimamente bien hechas generan expectativa y se venden bien. Son best-sellers cada año “Supercholita”, “El Lustra” y “Cuentos de Cuculis” (sobre el éxito de Mery Nina y el dúo Icenail/Rada hablaremos en otra ocasión). Este año se presentaron dos publicaciones muy diferentes entre ellas: “Toda la Nieve Bajo el Sol”, de varios autores convocados por Viñetas con Altura y Metalcomix, de los alteños Kuas (Julio César Gutiérrez) y Rugo (Hugo Gutiérrez Mendoza).

 El primer título, con auspicio institucional, impecable presentación y precio elevado, es la repetición de una fórmula caduca. Es un compilado colectivo de historietas cortas e ilustraciones alrededor de un tema complaciente con sus auspiciadores. Los autores que participan son grandes representantes de la escena local y el libro ofrece una innovadora propuesta de lectura –se pueden escuchar los textos traducidos al aymara a través de una app–, sin embargo no es el tipo de proyecto editorial que demandan hoy autores y lectores.

Los compilados colectivos son necesarios en otros contextos, pues presentan la producción local a un público poco conocedor.”Negro” (2005), “La Fiesta Pagana” (2009), “La Venganza Boliviana” (2011) o “Guía Ilustrada de Fobias” (2016) fueron en su momento cartas de presentación de diferentes camadas de autores. En este contexto, con las presentaciones hechas, tendríamos que estar dando los pasos siguientes y no estaría mal aprender de los tres best-sellers mencionados.

“Metalcomix” lo hace. Autogestionada y de bajo costo, retrata el mundo de los metaleros alteños con humor negro y un estilo de dibujo muy propio del underground de los años 70. Es un obra unitaria basada en personajes de nuestra cotidianidad. Al igual que “Supercholita” y “El Lustra”, lo hace en clave de humor. Al igual que los “Cuculis” de Ruilova, lo hace en un formato accesible para el público y sostenible para que el autor pueda darle continuidad.

“Toda la Nieve Bajo el Sol” tiene solo tres historietas bien terminadas (de nueve) y son aquellas en las que, a pesar de la brevedad, se desarrolla un personaje: las de Castellón, Montaño y Sanz. Trabajar pocas páginas para una antología (o un concurso), bajo una consigna complaciente, limita a los autores de germinar y cultivar nuevos seres de tinta, apasionante labor para autores y justo aquello que demandan los lectores.

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Una sociedad alfabetizada en historieta

Los que hacemos historieta en Bolivia tenemos en nuestro haber muchas victorias, en particular en el campo de la imagen pública de lo que hacemos. Los lectores agotan una edición si sacamos un producto atractivo, la prensa nos da cobertura, las editoriales se interesan en nuestros proyectos y las instituciones gubernamentales tienen formas de fomento para nosotros. La sociedad se ha alfabetizado en historieta. No tenemos que convencer a nadie de que lo que hacemos es un arte, salvo por dos sectores que aún no tienen consciencia de aquello: el Ministerio de Finanzas, que nos excluyó arbitrariamente de los beneficios de la Ley del Libro, y nosotros mismos, los historietistas, que no tenemos la consciencia de lo que hace a la historieta el Noveno Arte.

Si preguntas a un historietista boliviano por qué le gusta una historieta es muy probable que su respuesta no sea diferente a la de cualquier lector: “me gusta la historia”,  “el dibujo es muy bueno”, “me voló la cabeza”, etc. Muy pocos darán razones técnicas relacionadas a la estructura argumental, la construcción de personajes o la puesta en página. A los autores de historieta en Bolivia nos falta conquistar nuestro propio oficio. Un diálogo entre nosotros debería tener un lenguaje técnico muy propio, pero en nuestro medio no pasa eso. Todavía no nos hemos sumergido una o dos capas más profundo en lo que hacemos y nos mantenemos haciendo historietas intuitivamente, empíricamente, tanteando el terreno con casi las mismas herramientas que un espectador. Por lo general las historietas que hacemos son sólo evocaciones de temas de nuestro gusto, con historias y personajes poco diseñados. Proponemos como novedad ideas viejas, imitamos estilos y en lugar de trabajar en la construcción de universos ficcionales más parece que estamos buscando demostrar algo.

Un historietista debería ser capaz de encarar una obra respetando profundamente su oficio. No hacerlo es lo mismo que denigrarlo. Hoy ya casi nadie denigra a la Historieta, pero lo hacemos nosotros no asumiendo el compromiso de lo que implica dedicarse a ella. Deberíamos perder el miedo –o la flojera– a conocer la teoría, a investigar, a intercambiar impresiones entre colegas y a experimentar con éste nuestro lenguaje, que al final es lo que nos hace historietistas y no otra cosa. Pienso que es algo que podemos lograr desde nuestro lugar de artistas, sin esperar ningún apoyo. Creo que ésa puede ser nuestra próxima victoria.