La Huella del Gigante (cuento)

Este relato es el trabajo final de un taller que pasé el 2018, dictado por Mauricio Murillo. Se originó como una idea para un cómic, pero después de trabajarlo en ese taller ya no puedo imaginarlo en otra forma que no sea cuento.

Pueden descargar el libro que compila todos los cuentos que resultaron del taller en este enlace https://bit.ly/3ay34f4.

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El caso estaba cerrado desde 1949. El brevísimo informe policial decía que había sido un accidente en actividad deportiva y llevaba adjunta la carta de liberación de responsabilidades que firman todos los cachascanistas antes de entrar al ring. Ivan Petrovic, el Titán Húngaro, había muerto después de que Manuel, el Gigante Camacho, le partiera la columna como un palo de escoba. Camacho, retirado del cachascán por casi una década, había aceptado participar en un último match aprovechando que estaba de visita por su país natal y que casualmente había llegado a La Paz el circo en el que trabajaba Petrovic. Los testimonios recogidos en el mismo informe cuentan que el veterano Gigante, con la paciencia desgastada, habría reaccionado exageradamente a los insultos que profería el húngaro como parte del espectáculo. No hubo cargos y el Camacho volvió a sus actividades en Argentina.

Sí, oficialmente el caso estaba cerrado, pero tuve que reabrir la investigación extraoficialmente por exigencia de Jenu, el hijo del húngaro que había llegado a La Paz para exigir un resarcimiento.

–Necesito que me ayude a encontrarlo –me dijo en un castellano bien aprendido.

Acepté el trabajo porque había un viajecito de por medio, era mi oportunidad de cobrar tarifa turista, y porque  a mi vuelta podría aumentar la palabra “internacional” a “detective privado” en mi anuncio del periódico.

–Una vez ya ayudé a un tipo a encontrar al asesino de su padre –le conté mientras firmábamos los papeles de rigor–. Dimos con él en un pueblito del Oriente. Era un viejecito encogido y enfermo. El tipo lo vio y dio media vuelta. Los años ya lo habían vengado.

El húngaro era alto y no pasaba de los veinte años. Aunque era desgarbado y tenía un aire intelectual, su rostro anguloso, sus hombros anchos y su osamenta pesada delataban la herencia de su padre cachascanista.

Transcribí toda la información que encontré sobre el asesino de Petrovic en la hemeroteca municipal (a 50 centavos la hoja extra a mis honorarios) y comenzamos el viaje en tren hasta Buenos Aires. Después de haber leído todo lo que transcribí, Jenu me contó que su familia tenía una larga tradición circense. Sus padres habían trabajado en circos de Argentina, Chile y Brasil, pero a fines de los 40, cuando él era un bebé, pelearon y se separaron. Su madre dejó al luchador en Sudamérica y retornó al Viejo Continente.

–Madre nunca tuvo buen concepto de mi padre, por eso me hizo terminar escuela –me dijo.

–Es lo que deduje con sólo verte –contesté.

–Y yo deduzco –sonrió– que tú serás buen compañero.

Al llegar a Buenos Aires nos alojamos en una pensión cerca de la 9 de julio. Entendí inmediatamente por qué Camacho decidió mudarse a esta ciudad. Nuestro Palacio de Gobierno, nuestro Hospital General, nuestra avenida principal, nuestro río y, por supuesto, nuestro Obelisco son enanos en comparación a los suyos. Lo poco que supimos leyendo las transcripciones era que trabajaba en un circo y que su enfermedad no le permitía dejar de crecer. Lo imaginé caminando sonriente por esas mismas calles, rodeado de domadores, enanos y malabaristas, irguiendo el cuello, inflando el pecho y repartiendo panfletos a los niños asomados en los balcones.

–A estas alturas ya debe tener unos 15 o 20 centímetros más que cuando mató al Titán Húngaro –deduje. Jenu casi ni me miró.

Por sugerencia mía salimos a preguntar a la calle, pero la gente de esa parte de la ciudad no sabía de circos. Entonces Jenu propuso que buscáramos postes, construcciones o paredes amplias que dieran a callejones. No entendí la razón hasta que dimos con una vieja pared de ladrillo cubierta con carteles. Jenu arrancó pacientemente capas y capas de carteles y engrudo hasta que se descubrió un antiquísimo “…gante Cama…”. En la cabecera de ese cartel se alcanzaba a leer “Circo Norteam…”

De repente el gringuito comenzó a parecerme un buen prospecto de asistente para mis futuros casos.

–Bien pensado, querido Jenu –le dije.

Con la ayuda de los clasificados dimos con el lugar donde estaba instalado el Circo Norteamericano. De lejos, una carpa inmensa de tres puntas me recordó al Illimani. A su alrededor había jaulas con bestias y coches de tren que hacían de viviendas. Unos payasos a medio pintar, rubios y de edad avanzada, vieron a Jenu con asombro, como si lo reconocieran. Él los saludó en húngaro e inmediatamente se codearon y sonrieron. Conversaron con Jenu. Me tradujo que ellos y su madre habían sido compañeros trapecistas por muchos años. Preguntó por el Gigante y le dijeron, con una sonrisa burlona, que no trabajaba en el circo desde el año 52 o 53. Siguieron conversando en húngaro, pero llegó un momento en que los payasos se sintieron incómodos y nos dieron la espalda. Tratamos de hablar con algún administrador, pero no obtuvimos más que miradas de asombro dirigidas a mi compañero. Nos sentimos incómodos y nos fuimos.

El gringuito se puso más serio desde ese momento y yo me aguantaba las ganas de preguntarle qué le habían dicho los payasos.

–¿Hay barrio boliviano en esta ciudad? –me preguntó.

–Eso mismo estaba por sugerirte –contesté.

Bajo Flores era más parecido a Cochabamba: plano, casas sencillas de uno o dos pisos, locales comerciales con puerta de metal, bares…Fuimos justo en día de feria, así que me sentí como en casa comiendo sajta y escuchando huayños. Jenu, más agachado que el resto, sopaba sus tuntas en el ahogado con tremendo gusto. Comimos a dos platos cada uno. Preguntamos a la comidera si sabía algo

del Gigante Camacho.

–Se ha muerto –nos dijo, y pude ver en Jenu una tremenda decepción–. En ahí vive su mujer con sus hijos –y nos señaló una casa pintada de verde, con árboles frutales delante.

–Está en un museo –interrumpió un comensal–. Vendió su esqueleto a la ciencia para que su familia viva bien.

Nos sentamos en silencio en una plaza por más de una hora. Creo que Jenu no levantó la mirada del piso todo ese tiempo hasta que se paró y me jaló para que yo también me levantase.

Toqué la puerta de la casa verde. Salió una menuda mujer cochabambina. Me miró primero con recelo. Luego levantó la cabeza y todo su odio estalló al reconocer los rasgos del padre cachascanista. Profirió los insultos de mayor calibre que se pueden proferir en quechua y se puso a tirarnos frutas. Justo cuando estaba por alzar una escoba que estaba apoyada en uno de los árboles, dos de sus hijos salieron asustados a calmarla y a pedirnos que nos fuéramos. Yo esperaba ver en ellos indicios de la contextura de Camacho, pero no. Eran jovenzuelos algo mayores que Jenu, incluso más pequeños que el boliviano promedio.

En el taxi de vuelta al alojamiento Jenu se apretó la cabeza con sus manazas y creo que vi caer una lágrima.

–Tranquilo, hermano –le dije–. Estas cosas pasan. Podemos ir al museo a ver el esqueleto del canalla y luego al hotel. Ahí pedimos un churrasco con chelas y vas a ver cómo te sientes mejor.

Jenu respiró hondo y me dijo:

–A fines de años 40, Manuel Camacho estaba cansado y enfermo. Todos sabían que le quedaban pocos años de vida, así que lo presionaron a participar en proyecto para conservar genes y mejorar la raza, porque hijos no heredando estatura. Le pidieron que tenga hijo con mujer alta. Él eligió a acróbata húngara del circo donde trabajaba.

Imaginé los insultos del Titán al Gigante del mismo calibre que los que recibió Jenu en Bajo Flores. Llegamos al Museo. Firme, despeinado y con la nariz levantada, Jenu llegaba hasta la punta del esternón de aquel esqueleto que colgaba, pesado, de un travesaño de madera, en la misma sala que los mamuts y los megaterios.

Sobre dibujar

El dibujo es el lenguaje básico del diseño. Todo lo que se diseña en primera instancia se dibuja. En algunos idiomas dibujo y diseño comparten la misma palabra.

El dibujo es una práctica de pensamiento. Dibujar es observar. Gracias al dibujo se emancipa el cerebro del dominio del pensamiento verbal y se comienza a descubrir el mundo al desnudo, sin etiquetas, sin el filtro del lenguaje. Se distinguen detalles. Entonces, la belleza se manifiesta ante los ojos de la persona creativa y su repertorio visual se enriquece. Con un repertorio visual rico las ideas fluyen con más facilidad.

El dibujo es un camino al despertar de la intuición, que es el impulso principal de la creatividad. El ejercicio creativo consiste en crear puentes entre el lado analítico y el lado intuitivo del cerebro y uno de los mejores ejercicios para construir esos puentes es el ejercicio constante del dibujo.

Por último, el dibujo es el mejor vehículo de comunicación para un diseñador. El dibujo no sólo sirve para traducir las ideas abstractas a una forma concreta, sino también es la mejor manera de llevar estas ideas a las mentes de otros creativos, a las manos de las personas que las harán realidad y a los ojos de sus usuarios o espectadores.

(Soy docente de dibujo en la carera de Diseño Gráfico de la Universidad Privada Boliviana. Escribí este texto como introducción al sílabo de la materia de Dibujo I).

La Caricatura en los días de crisis

Hace unas semanas me invitaron a presentar una pequeña disertación en la Cueva de los Cuenta Cuentos sobre la presencia de los caricaturistas en los conflictos de octubre y noviembre pasados. Para evitar el sesgo, pedí a la gente, a través de las redes sociales, que me dijeran qué trabajos de humor gráfico (no memes) les habían parecido representativos durante los conflictos. Junté cincuenta trabajos de diferentes artistas.

Estas 50 caricaturas se podían clasificar en siete temas: crítica al régimen saliente (21), crítica al régimen entrante (7), a favor de la libertad de expresión (7), alerta ante la polarización (6), a favor de la conciliación (5), crítica a actores como la policía y los choferes (4), glorificación del movimiento “Pitita” (3) e intención de informar acerca de los temas en cuestión (3).

Revisando los trabajos con los asistentes a la disertación llegamos a algunas tristes conclusiones:

Primero, la caricatura de opinión, en su mayoría, durante esos dos meses no fue propositiva. Generalmente hacía eco de las tendencias que circulaban con más fuerza en las redes sociales. Hay muy pocos ejemplos de caricaturas que dieron un giro a los temas, que ofrecían una nueva perspectiva o que alertaban de aspectos que las tendencias de opinión estaban ignorando.

Segundo, al inicio del proceso había más caricaturas, cuando se sentía muy notoriamente el clamor de que hubo fraude y se manifestaba con fuerza la decepción u odio al entonces presidente. A medida que se fueron desarrollando los acontecimientos, la cantidad de caricaturas bajó. No porque el problema se haya ido resolviendo, si no porque el miedo había comenzado a infectar el trabajo de los autores. Yo me incluyo: llegó un momento en el que la confusión y el miedo me bloquearon.

Tercero, es triste ver que la mayor parte de los artistas habían tomado una postura unilateral, casi propagandística. Por ejemplo, varios, después de haber criticado al régimen saliente se mostraron incapaces de criticar los excesos del régimen entrante.

Hay un silencio en este momento y yo no puedo asegurar que sea porque el conflicto terminó. Lo que hay es miedo a las fuerzas que están peleando por el poder. El trabajo de un caricaturista político conlleva riesgo. En nuestro país tanto las instituciones como los individuos no han terminado de comprender el valor que tiene la caricatura como medio de expresión. Los caricaturistas tienen, o deberían tener, la capacidad y la licencia para decir aquello que nadie más se anima a decir.

¿Para qué sirve un editor de cómics?

Un vicio de la historieta boliviana es la autoedición. Son los propios autores quienes editan sus libros y los hacen imprimir, sin la necesidad de un editor. Es un trabajo extra, por supuesto, que quita tiempo a dibujar o escribir, y que frecuentemente no está bien hecho. Un buen autor puede ser un pésimo editor, además de uno abusivo, que se olvida de que el autor tiene que comer y pagar cuentas.

¿Pero qué hace un editor de cómics?

En general se encarga de administrar el proceso de producción de libros de historieta (impresos o digitales) que deben ser atractivos para los potenciales lectores/compradores. También es quien se encarga de lidiar con las otras partes del proceso, como las imprentas, los diseñadores gráficos, los distribuidores y los trámites como el depósito legal y el ISBN.

Es importante que tenga un conocimiento amplio sobre cómics: géneros, estilos, autores, modas y técnicas. Debe ser un maestro en estructuras narrativas, semiología y teoría del cómic. También tiene que estar al tanto en la situación de la industria, en herramientas de marketing, administración, en los pormenores de las técnicas de impresión y los canales actuales de distribución. Debería conocer la normativa vigente sobre medios de comunicación, libertad de expresión, derechos de autor y fomento a las artes. También debería saber cómo redactar y gestionar proyectos. En otros países existe la carrera universitaria de Edición, que más o menos cubre todos estos aspectos excepto los relacionados al cómic.

¿Hay editores de cómic en Bolivia?

Los hay, pero son pocos. Hay editores literarios que han intentado con productos de cómic, como 3600 y La Hoguera y los que están a punto de hacerlo, como El Cuervo. Hay gestores del mundo del cómic que han gestado libros interesantes y exitosos, como Ana Karina Molina del sello Polen en La Paz y Miro Bazoalto de Paranoia en Santa Cruz. Pero los que podríamos considerar los editores bolivianos de cómics por excelencia son cochabambinos: Pablo Cildoz, responsable del sello Pseudogente Editores, quien editó productos muy exitosos como Cuentos de Cuculis 2, Supay y Muspay, y Gonzalo Ordóñez, cabeza de la editorial Tukiosko, quien aparte de producir ediciones bolivianas de cómics de Image, Marvel y muy pronto DC Cómics, ha hecho posible éxitos de autores locales como Abandonando el Barco y Departamento X.

Los editores están buscando obras y por lo que hemos visto hasta ahora, la presencia de un editor aumenta la probabilidad de éxito del producto. El panorama es bueno para los autores, quienes ya pueden ir dedicando menos tiempo a la autoedición y más al guión y al dibujo.

Un mundo en un grano de arena.

En Bolivia no tenemos publicaciones periódicas de historietas pero sí tenemos concursos y antologías. De todas las veces que fui jurado en los concursos de cómics me animo a decir que un 80% de los trabajos presentados eran de aficionados probando suerte y sólo un 20% de verdaderos autores de cómic. De todas las veces que participé en la edición de un compilado o antología de historieta, puedo decir que es muy difícil lograr que los colegas acepten participar con algo más que con una ilustración. Tengo entendido que prefieren aprovechar las pocas horas que le roban a su día para trabajar en sus proyectos personales que no tienen nada que ver con las temáticas ni las extensiones (menos de 20 páginas) de los concursos y antologías. Tienen bajo el brazo un proyecto de novela gráfica o algo así, de más de cien páginas.

Está probado científicamente que cuando encaramos un proyecto grande nuestro cerebro lo rechaza y entramos en estados como la flojera y la procastinación. No dudo que muchos de estos proyectos de novela gráfica estén, en realidad, estancados en esta situación. La solución consiste, dicen los científicos, en dividir el proyecto en pequeños objetivos fáciles de alcanzar. Encarar una obra de muchas páginas demanda, además de mucho tiempo, ciertos conocimientos que sólo se obtienen con la práctica. Por ejemplo, el gran problema de los guiones de cómic y de cine en nuestro país: la estructura. Si no dominas la estructura en pequeños formatos, no tienes la capacidad para encarar una obra extensa. ¿Por qué no ir practicando, entonces, en historias cortas aquello que requerirá nuestra historia larga? ¿Por qué no pasar por ese proceso de aprendizaje participando en todos los concursos y antologías que se pueda? Sacándose unas horas semanales se puede hacer 3 páginas al mes, que son 36 páginas al año. Eso es más que suficiente para participar en los dos concursos y en por lo menos una antología. ¿Por qué no aprovecharlo? No sólo ganamos práctica, sino que, a medida que cosechemos frutos, tendremos el valor de robarle más horas al día para esto que nos gusta tanto.

Por ejemplo, Andrés Montaño (guionista y dibujante) y el equipo conformado por el guionista Jorge Siles y los dibujantes Oscar Zalles y Salvador Pomar han participado y ganado todos los concursos mientras desarrollan proyectos extensos que, esperamos, pronto verán la luz. Son el ejemplo de que podemos sacar músculo ejercitando en historias cortas, de que podemos presentar al lector, en un grano de arena, esos mundos que somos capaces de imaginar.

¿Qué festival de cómics necesitamos?

Hay una Comic Con en Santa Cruz, un festival Viñetas con Altura en La Paz y varios eventos de anime, cosplay y coleccionismo en todo el país, del que destaca el Overload de Cochabamba. La Comic Con no trata de cómics, pues da preferencia a las películas de Hollywood, al coleccionismo de juguetes y al cosplay. Viñetas con Altura es una repetición, cada vez más débil y sin norte, del modelo de festival que fue en su momento. Ninguno de estos eventos es lo que necesita realmente el movimiento boliviano de historieta.

No somos pocos los que formamos parte de este movimiento, y todos necesitamos sentir que esto que hacemos -escribir, dibujar, contar historias, leer y coleccionar, sea manga, cómics de superhéroes, novelas gráficas o lo que sea- es digno de celebración.

Los autores de cómic necesitamos más ferias. Espacios que nos motiven a producir más y mejor.

Los autores aficionados necesitan espacios de formación: talleres, conferencias y cursos.

Los coleccionistas necesitan espacios de encuentro, donde puedan conversar, conocer a otras personas con sus mismos gustos y hasta para presumir sus colecciones.

Los lectores de cómic necesitan que la oferta aumente: tener acceso a más títulos y a mejores precios.

Las librerías y editoriales, para ampliar su oferta y bajar sus precios, necesitan ampliar su público.

¿Podríamos salvar a Viñetas con Altura? Lo hemos intentado varias veces, pero los mismos organizadores (entre los que yo estaba hasta hace 3 años) han sumado muchas fuerzas en contra. La mayor parte de los actores de este movimiento te dirán que Viñetas no les interesa, no lo conocen o que les da lo mismo participar o no. Este ya longevo festival no ha logrado más que reducirse cada año. Tiene cada vez menos asistentes, casi ningún invitado internacional y su programación hace tiempo que no refleja la situación de la historieta en Bolivia y el mundo. Tal vez un cambio de dirección pueda darle unos años más de vida, pero con mucho dolor yo acepté hace un tiempo que no necesitamos un festival así y que deberíamos hacer algo completamente diferente.

Pero no sólo necesitamos un buen evento de cómics, sino que el mercado lo está pidiendo a gritos. Los autores estamos renovados y unidos; el público es grande y variado; los proyectos editoriales de largo alcance están en aumento y las modas de los superhéroes y el anime están en su punto más alto. Las cifras económicas de la industria del cómic en el exterior están en aumento y como muestra, puedo afirmar de primera mano (porque tengo  una librería de cómics) que éste es el mejor momento para el negocio de los cómics en Bolivia.

El trío de interesantes delirios

Joaquín Cuevas Tellería

“Muspay” es un libro de historietas editado por Pseudogente editores el año 2017. En sus 76 páginas compila seis historietas cortas: dos ganadoras de concursos nacionales, una ganadora de un concurso en Bulgaria, dos extraídas de una antología editada en Paraguay y una extraída de un proyecto del MUSEF. Firma todas las historias Jorge Siles y son responsables de los dibujos Oscar Zalles (en cuatro historietas) y Salvador Pomar (en dos).

Es una lectura grata. La primera buena impresión la provocan la excelente portada, lo cuidado de la edición y la calidad del diseño gráfico. Luego, una a una, las historias emocionan, cierran y satisfacen.

Se nota que Siles ha pulido su capacidad para contar en pocas páginas una historia cerrada sin tener que recurrir al final explosivo, que era característico de sus primeros trabajos. También demuestra que es capaz de desenvolverse en diferentes temas, entre la pesadilla bélica o de ciencia ficción y el relato costumbrista.

Zalles es probablemente el historietista boliviano más apto para narrar, porque es el que mejor logra equilibrar la intensidad con la claridad. Su dibujo es brioso y detallista pero el ojo lector no se cansa, no se satura: pasa de viñeta a viñeta con el mensaje claro y la curiosidad en aumento. Las historietas a su cargo logran magníficamente la inquietud, la sorpresa y ese delirio que promete el prólogo del libro.

Pomar domina el color, la expresión y la anatomía. Sin embargo, muchas veces (no en todas), los ejes de cada viñeta no se conectan, no generan una línea clara de lectura: un dedo apunta a un espacio en blanco o la trayectoria de un movimiento contradice sin motivo la inercia propuesta por la viñeta anterior.

Probablemente la historia más débil sea la penúltima, la que hicieron para el MUSEF, “El Misink’o”, porque tiene un final abrupto y algunas digresiones gráficas, como una página experimental de lectura circular bien lograda pero inservible para la historia. Tal vez, la mejor sea la otra historia dibujada por Pomar, “Lorito”, que está bien estructurada y con un remate contundente pero no abrupto, bien rimado y conmovedor.

Los tres autores, como equipo, están listos para cautivar a un público mayor. Esperamos de ellos el próximo hito (porque “Cuentos de Cuculis” ya va a cumplir quince años y “La Fiesta Pagana” diez), esa deseada historia de mayor extensión, interesante, con personajes sólidos, que agote tirajes cada cierto tiempo y que no tenga ninguna debilidad para editarse en un mercado extranjero mayor.

Andrés Montaño y el oficio de narrar

Joaquín Cuevas Tellería

Hay una nueva generación de autores de historieta en Bolivia. Muchos nombres nuevos, varias publicaciones y una constante actividad en eventos y redes sociales. Lo que todos queremos que pase ahora es que algunos representantes de esta camada tengan el suficiente oficio para desarrollar historias extensas y personajes entrañables.

Hay sitios de dibujantes que tienen mucho público, como El Curioso Lápiz de Jorgex, Valinski  o Yexit  (todos en  Facebook e Instagram). Ellos publican tiras cómicas o ilustraciones sueltas, pero no una historia que se vaya desarrollando periódicamente. Es comprensible porque, claro, es un trabajo arduo que demanda mucha planificación, tiempo y el espacio adecuado para que el autor no falle en sus entregas y para que la historia no pierda consistencia, más tomando en cuenta que no hay un retorno económico por todo este esfuerzo.

Algunos colegas tenemos el privilegio de conocer las casi 200 páginas iniciales de una saga muy interesante que Andrés Montaño, uno de los más premiados autores jóvenes, tiene dibujadas a mano hace ya buen tiempo. Sería hermoso verlas publicadas en formato manga, pues su principal influencia viene de ese estilo, pero todos conocemos las dificultades de mantener periódica una publicación impresa en nuestro país (el año pasado se cumplieron 10 años de espera por la prometida tercera entrega de Cuentos de Cuculis de Álvaro Ruilova), así que Andrés ha decidido dosificarla y convertirla en webcómic. El año pasado presentó en el Overload de Cochabamba el fanzine Estonasqui, una especie de cosmogonía del universo de la saga mencionada en formato de texto. El 9 de enero de este año publicó en Facebook “La gema en la sombras”, una historieta promocional autoconclusiva de 18 páginas que cumple la función de presentar a sus personajes. En la misma publicación anunció que la saga comenzaría en febrero.

La historia que está desarrollando Andrés, a pesar de su extensión, no es para nada pretensiosa. Tiene una propuesta sencilla, consistente, cautivante y está pensada para un espectro amplio de lectores.

Me consta que Andrés se esfuerza por mejorar cada día su oficio de narrador gráfico y apuesto a que, una vez que comience a publicar su saga, será constante y consistente. Entonces, nos queda esperar a que anuncie el sitio oficial para seguirlo y que vaya ganando lectores. Mientras, podemos buscar el cómic promocional en su sitio de Facebook y el fanzine Estonasqui en las librerías La Viñeteca y Yachaywasi.

¿Qué hace un guionista de cómics?

Se suele decir que lo que le falta al cómic boliviano son buenas historias. ¿Por qué, si hay buenas ideas, no hay buenas historias? La responsabilidad recae en los encargados de hacerlas: los guionistas. Ellos son los responsables de diseñar un buen relato y de darle al dibujante instrucciones precisas para que pueda plasmar ese relato en un cómic atractivo, claro y cautivante.

A Stan Lee, guionista fundador del universo Marvel, se le ocurrían, a grandes rasgos, personajes y  situaciones interesantes que luego los dibujantes traducían al lenguaje del cómic y lo convertían en productos emocionantes.

A Alan Moore, en el otro extremo, le da por invadir territorio dibujante con sus guiones que dibujan con palabras cada página, cada viñeta. Hasta el más mínimo elemento está imaginado por él y transmitido a través de largas descripciones que dejan poco espacio a la imaginación del dibujante.

En medio de esos dos extremos hay una gama muy amplia de maneras de hacer guión, muchas veces impuestas por las formas de trabajo de las diferentes editoriales. Por ejemplo:

– Los que dominan el lenguaje de la historieta (como Grant Morrison), que describen cada viñeta y dan instrucciones sobre ritmo y flujo en la página. Incluso le entregan al dibujante un boceto inicial de las páginas.

– Los profanos, por lo general provenientes de la literatura (como Neil Gaiman en un inicio), que describen las escenas y los personajes como en una obra de teatro, sin meterse con las viñetas.

– Los concisos del estilo Marvel (como Brian M. Bendis), que se preocupan por dejar en claro las acciones, los diálogos y las extensiones de páginas, dejando todo lo demás al dibujante.

– Los autores completos (guionista y dibujante a la vez), que suelen saltarse la fase del guión, porque no ven necesario transformar en texto algo que pueden plasmar directamente en imágenes.

En todos los casos se ha trabajado antes en la efectividad de la estructura del relato, se han desarrollado los personajes profundamente y se ha diseñado los personajes junto con el dibujante. A la historieta boliviana no le faltan buenas historias. Lo que le falta son buenos guiones. El autor intelectual no es el que dice “robemos un banco”, sino el que planifica el robo.