Una sociedad alfabetizada en historieta

Los que hacemos historieta en Bolivia tenemos en nuestro haber muchas victorias, en particular en el campo de la imagen pública de lo que hacemos. Los lectores agotan una edición si sacamos un producto atractivo, la prensa nos da cobertura, las editoriales se interesan en nuestros proyectos y las instituciones gubernamentales tienen formas de fomento para nosotros. La sociedad se ha alfabetizado en historieta. No tenemos que convencer a nadie de que lo que hacemos es un arte, salvo por dos sectores que aún no tienen consciencia de aquello: el Ministerio de Finanzas, que nos excluyó arbitrariamente de los beneficios de la Ley del Libro, y nosotros mismos, los historietistas, que no tenemos la consciencia de lo que hace a la historieta el Noveno Arte.

Si preguntas a un historietista boliviano por qué le gusta una historieta es muy probable que su respuesta no sea diferente a la de cualquier lector: “me gusta la historia”,  “el dibujo es muy bueno”, “me voló la cabeza”, etc. Muy pocos darán razones técnicas relacionadas a la estructura argumental, la construcción de personajes o la puesta en página. A los autores de historieta en Bolivia nos falta conquistar nuestro propio oficio. Un diálogo entre nosotros debería tener un lenguaje técnico muy propio, pero en nuestro medio no pasa eso. Todavía no nos hemos sumergido una o dos capas más profundo en lo que hacemos y nos mantenemos haciendo historietas intuitivamente, empíricamente, tanteando el terreno con casi las mismas herramientas que un espectador. Por lo general las historietas que hacemos son sólo evocaciones de temas de nuestro gusto, con historias y personajes poco diseñados. Proponemos como novedad ideas viejas, imitamos estilos y en lugar de trabajar en la construcción de universos ficcionales más parece que estamos buscando demostrar algo.

Un historietista debería ser capaz de encarar una obra respetando profundamente su oficio. No hacerlo es lo mismo que denigrarlo. Hoy ya casi nadie denigra a la Historieta, pero lo hacemos nosotros no asumiendo el compromiso de lo que implica dedicarse a ella. Deberíamos perder el miedo –o la flojera– a conocer la teoría, a investigar, a intercambiar impresiones entre colegas y a experimentar con éste nuestro lenguaje, que al final es lo que nos hace historietistas y no otra cosa. Pienso que es algo que podemos lograr desde nuestro lugar de artistas, sin esperar ningún apoyo. Creo que ésa puede ser nuestra próxima victoria.

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