La Huella del Gigante (cuento)

Este relato es el trabajo final de un taller que pasé el 2018, dictado por Mauricio Murillo. Se originó como una idea para un cómic, pero después de trabajarlo en ese taller ya no puedo imaginarlo en otra forma que no sea cuento.

Pueden descargar el libro que compila todos los cuentos que resultaron del taller en este enlace https://bit.ly/3ay34f4.

———————————————————-

El caso estaba cerrado desde 1949. El brevísimo informe policial decía que había sido un accidente en actividad deportiva y llevaba adjunta la carta de liberación de responsabilidades que firman todos los cachascanistas antes de entrar al ring. Ivan Petrovic, el Titán Húngaro, había muerto después de que Manuel, el Gigante Camacho, le partiera la columna como un palo de escoba. Camacho, retirado del cachascán por casi una década, había aceptado participar en un último match aprovechando que estaba de visita por su país natal y que casualmente había llegado a La Paz el circo en el que trabajaba Petrovic. Los testimonios recogidos en el mismo informe cuentan que el veterano Gigante, con la paciencia desgastada, habría reaccionado exageradamente a los insultos que profería el húngaro como parte del espectáculo. No hubo cargos y el Camacho volvió a sus actividades en Argentina.

Sí, oficialmente el caso estaba cerrado, pero tuve que reabrir la investigación extraoficialmente por exigencia de Jenu, el hijo del húngaro que había llegado a La Paz para exigir un resarcimiento.

–Necesito que me ayude a encontrarlo –me dijo en un castellano bien aprendido.

Acepté el trabajo porque había un viajecito de por medio, era mi oportunidad de cobrar tarifa turista, y porque  a mi vuelta podría aumentar la palabra “internacional” a “detective privado” en mi anuncio del periódico.

–Una vez ya ayudé a un tipo a encontrar al asesino de su padre –le conté mientras firmábamos los papeles de rigor–. Dimos con él en un pueblito del Oriente. Era un viejecito encogido y enfermo. El tipo lo vio y dio media vuelta. Los años ya lo habían vengado.

El húngaro era alto y no pasaba de los veinte años. Aunque era desgarbado y tenía un aire intelectual, su rostro anguloso, sus hombros anchos y su osamenta pesada delataban la herencia de su padre cachascanista.

Transcribí toda la información que encontré sobre el asesino de Petrovic en la hemeroteca municipal (a 50 centavos la hoja extra a mis honorarios) y comenzamos el viaje en tren hasta Buenos Aires. Después de haber leído todo lo que transcribí, Jenu me contó que su familia tenía una larga tradición circense. Sus padres habían trabajado en circos de Argentina, Chile y Brasil, pero a fines de los 40, cuando él era un bebé, pelearon y se separaron. Su madre dejó al luchador en Sudamérica y retornó al Viejo Continente.

–Madre nunca tuvo buen concepto de mi padre, por eso me hizo terminar escuela –me dijo.

–Es lo que deduje con sólo verte –contesté.

–Y yo deduzco –sonrió– que tú serás buen compañero.

Al llegar a Buenos Aires nos alojamos en una pensión cerca de la 9 de julio. Entendí inmediatamente por qué Camacho decidió mudarse a esta ciudad. Nuestro Palacio de Gobierno, nuestro Hospital General, nuestra avenida principal, nuestro río y, por supuesto, nuestro Obelisco son enanos en comparación a los suyos. Lo poco que supimos leyendo las transcripciones era que trabajaba en un circo y que su enfermedad no le permitía dejar de crecer. Lo imaginé caminando sonriente por esas mismas calles, rodeado de domadores, enanos y malabaristas, irguiendo el cuello, inflando el pecho y repartiendo panfletos a los niños asomados en los balcones.

–A estas alturas ya debe tener unos 15 o 20 centímetros más que cuando mató al Titán Húngaro –deduje. Jenu casi ni me miró.

Por sugerencia mía salimos a preguntar a la calle, pero la gente de esa parte de la ciudad no sabía de circos. Entonces Jenu propuso que buscáramos postes, construcciones o paredes amplias que dieran a callejones. No entendí la razón hasta que dimos con una vieja pared de ladrillo cubierta con carteles. Jenu arrancó pacientemente capas y capas de carteles y engrudo hasta que se descubrió un antiquísimo “…gante Cama…”. En la cabecera de ese cartel se alcanzaba a leer “Circo Norteam…”

De repente el gringuito comenzó a parecerme un buen prospecto de asistente para mis futuros casos.

–Bien pensado, querido Jenu –le dije.

Con la ayuda de los clasificados dimos con el lugar donde estaba instalado el Circo Norteamericano. De lejos, una carpa inmensa de tres puntas me recordó al Illimani. A su alrededor había jaulas con bestias y coches de tren que hacían de viviendas. Unos payasos a medio pintar, rubios y de edad avanzada, vieron a Jenu con asombro, como si lo reconocieran. Él los saludó en húngaro e inmediatamente se codearon y sonrieron. Conversaron con Jenu. Me tradujo que ellos y su madre habían sido compañeros trapecistas por muchos años. Preguntó por el Gigante y le dijeron, con una sonrisa burlona, que no trabajaba en el circo desde el año 52 o 53. Siguieron conversando en húngaro, pero llegó un momento en que los payasos se sintieron incómodos y nos dieron la espalda. Tratamos de hablar con algún administrador, pero no obtuvimos más que miradas de asombro dirigidas a mi compañero. Nos sentimos incómodos y nos fuimos.

El gringuito se puso más serio desde ese momento y yo me aguantaba las ganas de preguntarle qué le habían dicho los payasos.

–¿Hay barrio boliviano en esta ciudad? –me preguntó.

–Eso mismo estaba por sugerirte –contesté.

Bajo Flores era más parecido a Cochabamba: plano, casas sencillas de uno o dos pisos, locales comerciales con puerta de metal, bares…Fuimos justo en día de feria, así que me sentí como en casa comiendo sajta y escuchando huayños. Jenu, más agachado que el resto, sopaba sus tuntas en el ahogado con tremendo gusto. Comimos a dos platos cada uno. Preguntamos a la comidera si sabía algo

del Gigante Camacho.

–Se ha muerto –nos dijo, y pude ver en Jenu una tremenda decepción–. En ahí vive su mujer con sus hijos –y nos señaló una casa pintada de verde, con árboles frutales delante.

–Está en un museo –interrumpió un comensal–. Vendió su esqueleto a la ciencia para que su familia viva bien.

Nos sentamos en silencio en una plaza por más de una hora. Creo que Jenu no levantó la mirada del piso todo ese tiempo hasta que se paró y me jaló para que yo también me levantase.

Toqué la puerta de la casa verde. Salió una menuda mujer cochabambina. Me miró primero con recelo. Luego levantó la cabeza y todo su odio estalló al reconocer los rasgos del padre cachascanista. Profirió los insultos de mayor calibre que se pueden proferir en quechua y se puso a tirarnos frutas. Justo cuando estaba por alzar una escoba que estaba apoyada en uno de los árboles, dos de sus hijos salieron asustados a calmarla y a pedirnos que nos fuéramos. Yo esperaba ver en ellos indicios de la contextura de Camacho, pero no. Eran jovenzuelos algo mayores que Jenu, incluso más pequeños que el boliviano promedio.

En el taxi de vuelta al alojamiento Jenu se apretó la cabeza con sus manazas y creo que vi caer una lágrima.

–Tranquilo, hermano –le dije–. Estas cosas pasan. Podemos ir al museo a ver el esqueleto del canalla y luego al hotel. Ahí pedimos un churrasco con chelas y vas a ver cómo te sientes mejor.

Jenu respiró hondo y me dijo:

–A fines de años 40, Manuel Camacho estaba cansado y enfermo. Todos sabían que le quedaban pocos años de vida, así que lo presionaron a participar en proyecto para conservar genes y mejorar la raza, porque hijos no heredando estatura. Le pidieron que tenga hijo con mujer alta. Él eligió a acróbata húngara del circo donde trabajaba.

Imaginé los insultos del Titán al Gigante del mismo calibre que los que recibió Jenu en Bajo Flores. Llegamos al Museo. Firme, despeinado y con la nariz levantada, Jenu llegaba hasta la punta del esternón de aquel esqueleto que colgaba, pesado, de un travesaño de madera, en la misma sala que los mamuts y los megaterios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s